05 - 1898 los puertorriqueños recibieron dos de
los muchos mensajes contradictorios que desde entonces han recibido en su
relación colonial con los Estados Unidos. En la mañana del 12 de mayo
de 1898 once buques de guerra estadounidenses bombardearon durante tres
horas la ciudad de San Juan, matando a cuatro civiles y dos militares,
dejando además un saldo de cincuenta heridos, de los cuales diez y seis
eran de la población civil.
A su
llegada junto a las fuerzas invasoras norteamericanas, en julio de ese
mismo año, el general Nelson Appleton Miles emitió una proclama que
anunciaba la llegada de una nueva soberanía a la isla que le brindaría a
Puerto Rico los beneficios y la prosperidad que acompañan la libertad.
"In the prosecution of
the war against the Kingdom of Spain by the people of the United States, in the cause of liberty, justice and
humanity, its military forces have come to occupy the island of Porto Rico. They bring you the fostering arm of
a nation of free people, whose greater power is in its justice and humanity
to all those living within its folds. . . .
The chief object of the
American Military forces will be to overthrow the armed authority of Spain and to give to the people of your
beautiful island the largest measure of liberty consistent with this
military occupation. We have not come to make war upon the people of a
country that for centuries has been oppressed, but on the contrary, to
bring you protection, not only to yourselves but to your property, to
promote your prosperity and bestow upon you the immunities and blessings of
the liberal institutions of our Government. . . . This is not a war of
devastation, but one to give to all within the control of its military and
naval forces the advantages and blessings of enlightened
civilization."
En un
lapso de tiempo de dos meses y medio, el sonido de los cañones contra la
población civil fue silenciado por una proclama grandielocuente que
predicaba las bondades que conllevaba la protección de los Estados Unidos y
la consecuente llegada de libertades nunca antes vistas en Puerto Rico
durante el reino español. Pero de la retórica al hecho muchas veces existe
un gran abismo, y la Proclama de Miles probó no ser la excepción.
Este
trabajo pretende explorar el debate público que surgió en Puerto Rico y en
los Estados Unidos luego de la Guerra Hispanoamericana en torno al futuro
político de la isla, visto principalmente a través de los artículos y
editoriales de dos periódicos puertorriqueños importantes publicados entre
la invasión estadounidense en julio de 1898 y la imposición de la Ley
Foraker en mayo de 1900.
El
debate en torno al futuro político de la isla en los periódicos El País
(diario del Partido Republicano) y La Democracia (diario del Partido
Federal) es muy similar y existe consenso de opinión en ambos periódicos
durante la dictadura militar entre 1898 y 1900. En ambos se expresa una
honda confianza en las instituciones democráticas de Estados Unidos y una
fe enérgica en que la nueva soberanía le concederá el derecho a los
puertorriqueños para expresarse sobre sus deseos de anexarse a la nación
estadounidense.
A
pesar de que el debate público y gubernamental que estaba ocurriendo en los
Estados Unidos presentaba un cuadro lleno de puntos de vistas
contradictorios sobre qué tipo de gobierno se le concedería a Puerto Rico,
los puertorriqueños confiaban que finalmente se les concedería un sitema de
gobierno mucho más digno y democrático que durante el reino español en la
isla. Ya el 2 de noviembre de 1898 aparece el siguiente comentario
editorial en el periódico La Democracia que demuestra elocuentemente cuán
confiados estaban algunos puertorriqueños de las bendiciones de la
Constitución estadounidense y su sistema de gobierno democrático que
repercutiría en la concesión de un sistema de gobierno digno para Puerto
Rico:
"De Washington nadie debe esperar una sorpresa triste. La
Constitución de Estados Unidos no se desvirtúa después de la victoria. Será
democrática y liberal en la metrópolis como en la colonia. Confiamos en la
Gran República. El poder militar que surge hoy en Puerto Rico, absorvente y
supremo, no por un capricho arbitrario, sino por imposición constitucional.
Los territorios adquiridos por la Unión Americana sin que ninguno se
exceptúe, obedecen a los delegados militares del presidente. Nuestro
territorio sufre la ley de la necesidad. Dentro de pocos meses las Cámaras
Nacionales legislarán con justicia. Ahora todo es transitorio y luego
vendrán ‘las vindicaciones del derecho'. Se nos observa y estudia, sepamos
demostrara nuestros nuevos compatriotas nuestro verdadero carácter.
Que no
se nos confunda con las bandas de incendiarios que destruyen nuestra propiedad,
que conspiran contra nuestra tierra y que reprobamos en La
Democracia." Este editorial que apareció en el periódico de Luis Muñoz
Rivera luego de cerca de 4 meses de no circular el diario luego de la
invasión en el mes de julio, pone de manifiesto que una gran colectividad
en Puerto Rico estaba convencida de que los Estados Unidos estaban próximos
a legislar para hacerle justicia a Puerto Rico, brindándole una forma de
gobierno no-colonial.
De
hecho, la legislación esperada llegó, con el nombre de la Ley Foraker, en
mayo de 1900, luego de un año y diez meses de régimen militar en la isla. El
mismo periódico que en noviembre de 1898 anunciaba la inminencia de una
legislación que le brindara a los puertorriqueños un sistema de gobierno
democrático, el 30 de abril de 1900 denuncia energéticamente a la Ley
Foraker, publicando una carta del delegado republicano Dr. Julio Henna:
"Los delegados puertorriqueños, unánimes en sus justas demandas
al Gobierno metropolitano (estadounidense), elocuente y dignamente han
planteado la honrosa causa que los trajo a Washington. Sus testimonios ante
los Comités del Senado y las Cámaras de Representantes, forman una legión
de razones poderosas e incuestionables, que debieron convencer a los
legisladores, como convencieron al pueblo, prensa y púlpito de los Estados
Unidos, que el cumplimiento de las sagradas promesas hechas por el General
Miles a los puertorriqueños, no tan sólo era un acto de justicia, sino
necesario para mantener la inmaculada reputación de los Estados Unidos,
ante el mundo entero. La Legislatura Nacional ha preferido repudiar la
deuda contraída con los habitantes de Puerto Rico y en vez de las
‘inmunidades' y bendiciones de los Estados Unidos, ha decretado para
nuestra patria una forma de gobierno tan infame en principio como inmoral
en detalles que despoja a los hijos del país de aquellos derechos civiles,
personales y políticos, por los que los patriotas de Bunker Hill
prefirieron resistir con las armas en las manos, antes que someterse a semejante
injusticia. Con la soberanía española los puertorriqueños eran españoles y
como tales, tenían derechos en el mundo entero.Con la soberanía americana,
los puertorriqueños son simplemente objetos indefinidos. La bandera que
ostenciblemente vuela en la isla, no es el símbolode la Libertad, Igualdad
y Fraternidad, como lo es en los Estados Unidos. Para el puertorriqueño
ella es símbolo de opresión, de coloniaje".
¿Qué
había ocurrido entre noviembre de 1898 y mayo de 1900? ¿Qué tipo de
gobierno le impuso los Estados Unidos a Puerto Rico con la Ley Foraker? ¿Por
qué el gobierno de Estados Unidos no estaba dispuesto a darle a Puerto Rico
el "self-government" que se le extendía a los territorios
incorporados? Estas son preguntas importantísimas para comprender por qué
un mismo periódico había dado un giro tan trascendental en torno a su
opinión sobre las intenciones de Estados Unidos en Puerto Rico.
Las
palabras del Dr. Henna reflejan que se esperaba algo muy diferente a lo que
dispuso la Ley Foraker. De la investigación periodistica de los diarios La
Democracia y El País, ambos publicaciones que simpatizaban abiertamente con
la incorporación de Puerto Rico como territorio de los Estados Unidos, se
puede notar que había un idea generalizada de que la Constitución de
Estados Unidos y la tradición democrática de este país, protegería a los
intereses de los puertorriqueños frente a cualquier intento de convertir a
la isla en una colonia. Por esto la Ley Foraker sorprendió tanto a los
puertorriqueños que confiaban en las instituciones democráticas de Estados
Unidos.
¿Qué
dispuso la ley Foraker? Con esta ley el Congreso de los Estados Unidos
decretó que el Presidente y la legislatura de los Estados Unidos tendría
poderes plenarios sobre Puerto Rico. El Presidente, con la aprobación del
Senado, nombraría el gobernador de Puerto Rico, y lo podría remover a su
discreción. El Presidente también nombraría seis asesores al Gobernador,
que junto a cinco puertorriqueños formarían el Consejo Ejecutivo. Este
funcionaría como una cámara alta. Además existiría una Casa de Delegados,
compuesta por treinta y cinco miembros elegidos por un término de dos años.
El Consejo Ejecutivo o el Gobernador tenían a su disposición la
prerrogativa de suspender el derecho del voto masuculino si así lo
deseaban, en favor de darle el derecho al voto a sólo los puertorriqueños
alfabetizados y/o propietarios. El Gobernador también tendría a su
disposición los nombramientos de los jueces. Además, los puertorriqueños
elegirían un Comisionado Residente para que representara a la isla ante el
Presidente. Los puertorriqueños no serían ciudadanos estadounidenses, sino
que pasarían a ser ciudadanos de Puerto Rico, y el "Bill of
Rights" y el resto de la Constitución de Estados Unidos no aplicaría
para los puertorriqueños y, por lo tanto, no existirían para ellos las
garantías de los derechos civiles.
Puerto
Rico perdió el gobierno propio que había ostentado durante el último año de
soberanía española. Perdió su ciudadanía de igual, a igual con la
metrópolis, como también la representación en las Cortes de España. Durante
el siglo XIX los puertorriqueños habían gozado, durante la soberanía
española, de periodos de garantías constitucionales, ostentando la
representación y derecho a voto ante las Cortes españolas.
Con la
Ley Foraker, sólo tendría derecho a un delegado sin voto en Washington,
D.C.. Los puertorriqueños ya no estarían protegidos por una constitución,
su gobierno estaría en manos del Presidente y la legislatura
estadounidense. Mas importante aún, los puertorriqueños perdieron un
sistema de gobierno autonómico y democrático, pues la Carta Autonómica sólo
podría ser enmendada con el consentimiento expreso de los puertorriqueños. En
síntesis, mientras la Carta Autonómica le concedía amplios poderes de
autobierno a Puerto Rico, la Ley Foraker significó la eliminación de esa
autonomía en favor de un sistema donde la mayoría de los poderes los
ejercía el Congreso y Presidente de los Estados Unidos.
En los
Estados Unidos prevalecía luego de la Guerra Hispanoamericana un
pensamiento de carácter imperialista que justificaba la adquisición militar
de territorios sin que se le concediera a sus pueblos, por ser
"distintos", el derecho a gobernarse. Mientras tanto, en Puerto
Rico, importantes sectores celebraban el cambio de soberanía pues asumieron
que la nueva metrópolis les concedería las mismas prerrogativas que tenían
los territorios y estados de la Unión. Estos sectores, según la prensa
examinada para este trabajo, se mantenían aparentemente ajenos al discurso
que cobraba fuerza en los círculos del poder político estadounidenses y que
en definitiva desembocó en la aprobación de un estatuto colonial tal como
la Ley Foraker. Si los líderes puertorriqueños que escribían en la prensa
de la época estaban conscientes de la dialéctica imperialista que se estaba
gestando en las esferas de poder en los Estados Unidos, no lo reflejan en
sus editoriales.
Prueba
de ellos son los editoriales de los periódicos anexionistas La Democracia y
El País donde se expresa la opinión de que Estados Unidos sentirá la
obligación moral de extenderle la estadidad a Puerto Rico sin discriminar
por razón de raza, idioma, o lugar. El 23 de marzo de 1900, en vísperas de
la aprobación de la ley Foraker, aparece el siguiente editorial en el
periódico El País:
"Nuestro Derecho, ¿Cuándo? Dice la Constitución en su artículo
IV que se ‘admiten nuevos Estados previo consentimiento del Congreso y de
la Legislatura del Estado de que se trate': como se ve, en este artículo,
en esa disposición no se pone limitación alguna que se relacione con raza,
idioma, religión ni lugar: todo se reduce a a lo que es muy natural que
sea; esto es, que la legislatura del Estado solicitante concienta entrar en
la federación, y que el Congreso de los Estados Unidos concienta en su
ingreso: pero nosotros estamos incluídos en la federación por la voluntad
impuesta del Congreso, pues no otra cosa se deduce del hecho de enviar su
ejército para agregarnos a su Nación: y por el explícito consentimiento del
pueblo puertorriqueño que, sin voto en contrario, consiente, y consiente
con gusto, el nuevo dominio: ahora bien, aparte de qu ellos acontecimientos
con lógica inflexible obligan al congreso a ponernos en condiciones de que ejerzamos
constitucionalmente el derecho de pedir ante el Congreso, para lo cual ha
de darnos clasificación de Territorio, promulgan necesariamente la
Constutación, podemos decir: el Congreso, al consentir la ocupación de
Puerto Rico como un hecho de la guerra que había declarado, claro está que
tuvo algún pensamiento, algún fin mediado que necesitaba realizar: ¿Es
creíble que ese fin no fuera otro que el de adquirir una propiedad para el
Congreso donde ejercer la facultad discrecional que la Constitución le concede?-
de ninguna manera: su fin tiene que ser necesariamente, promover el bien
general, y afirmar los beneficios de la libertad; y este fin no se cumple
negándole a Puerto Rico lo que de modo implícito le concedió en el momento
de la ocupación, y de modo expreso en la proclama del general Miles que los
puertorriqueños la entendemos como una palabra dada por el Congreso mismo:
nunca podremos entender que las promesas de dicho general eran simplemente
un ardid para conquistar el cariño del pueblo de Puerto Rico: nosotros no
hemos sido simplemente cedidos; el ejército ocupó este territorio, y el
hecho se hizo valer en el Tratado de París al dictar las condiciones;
fuimos anexados primero por la fuerza en parte, y si no lo fue todo, se
debe a la celebración de la paz; ¿es aceptable que nos hayan anexado por
las fuerzas de las armas que nos envió el Congreso, para constituírnos
simplemente en feudo del Congreso?- ¿Es justo que nos arrebaten una
ciudadanía para no darnos ninguna?
El autor de este editorial no puede haber estado completamente al
margen de las corrientes racistas que operaban en Washington en oposición a
la anexión de Puerto Rico en igualdad de condiciones, pero insiste en que
la tradición democrática de la Unión prevalecerá en el Congreso. Su emplazamiento
al Congreso de los Estados Unidos cayó en oídos sordos. Como ya sabemos, la
Ley Foraker, firmada por el presidente McKinley apenas veinte días después
de la publicación de este editorial, le arrebató a los puertorriqueños el
autogobierno que habían conseguido durante la soberanía española. La
supuesta armada liberadora acabó por colonizar al país en vez de entregarle
las libertades prometidas.
Como
bien expresó el Doctor Efrén Rivera Ramos en su reciente ponencia ante la
Escuela de Derecho de la Universidad de Yale,:
"The United States entered the twentieth century as a
colonial power... the acquisition of new territories by the United States at the end of the nineteenth century
opened up an intense dabate regarding the status of those territories and
their populations within the American political system."
Esta
"splendid little war", como se le llamó en Estados Unidos a la
Guerra Hispanoamericana, que culminó en la adquisición de varias islas y
archipiélagos, no estuvo libre de problemas internos causados por las
contradicciones que ello representaba para una nación fundada en el repudio
al colonialismo inglés, y comprometida a luchar por la libertad. Para los
Estados Unidos lo difícil no fue derrotar a España, lo más complicado
resultó ser poder reconciliar su novel política imperialista con sus
principios constitucionales de una nación fundada en las nociones de
igualdad y libertad para todos aquellos cobijados bajo su bandera.
En los
Estados Unidos de la postguerra existían varias fuerzas encontradas. En
esta tensión se encontraba, de un lado, el interés expansionista iniciado
desde la Doctrina Monroe de a principios de siglo XIX para consolidar el
poder y la presencia de los Estados Unidos en el continente americano
frente a las potencias europeas. Esta política expansionista norteamericana
de paso se aseguraba la ampliación de los amplios mercados que exigía la
incipiente concentración de grandes capitales industriales.
Del
otro lado del debate algunos norteamericanos denunciaban que la política
colonial de incorporar territorios sin concederle iguales derechos, entraba
en abierta contradicción con los principios constitucionales de la Unión. La
Constitución de Estados Unidos, afirmaban algunos estadounidenses, no
contemplaba tal posibilidad. Estos defendían la teoría de que la
Constitución seguía a la bandera.
La
intensidad del debate se refleja en las altas esferas de la inteligencia
norteamericana, entre profesores de sus universidades más prestigiosas. El
profesor de ciencias políticas de la Universidad de Yale, William Graham
Sumner, atacó enérgicamente la política colonial estadounidense,
equiparándola con el sistema colonial español. Dijo así en 1899:
"There are plenty of
people in the United States today who regard Negroes as human beings,
perhaps, but of a different order from white men, so that the ideas and
social arrangements can not be applied to them with propriety. Others feel
the same way about Indians... . The doctrine that all men are equal has
come to stand as one of the corner-stones of the temple of justice and
truth. It was set up as a bar to just this notion that we are so much
better than others that it is liberty for them to be governed by us....
The Americans have been
commited from the outset to the doctrine that all men are created equal....
It is an astonishing event that we have lived to see American arms carry
this domestic dogma out where it must be tested in its application to
uncivilized and half-civilized peoples. At the first touch of the test we
throw the doctrine away and adopt the Spanish Doctrine. We are told by the
imperialists that these people are not fit for liberty and self-government;
that it is rebellion for them to resist our beneficence; that we must send
fleets and armies to kill them if they do it; that we must devise a
government and administer it ourselves; that we may buy them or sell them
as we please, and dispose of their "trade" for own advantage.
What is that but the policy of Spain to her dependencies?"
En abierta oposición a las ideas progresistas de Sumner, y en apoyo
a la política colonial de la Administración de McKinley, el prominente
profesor de derecho de la Universidad de Harvard, James Bradley Thayer, se
manifestó de la siguiente manera:
"The childish
literalness which has crept into our notions of these principles, as if all
men, however savage and however unfit to govern themselves, where opressed
whenever other people governed them; as if self-government were not often a
curse; and as if the great nation does not often owe its people or some
part of them as its chief duty that of governing them from the outside,
instead of giving them immediate control of themselves."
La
balanza que se inclinó en contra de extenderle a los puertorriqueños los
plenos derechos constitucionales, tenía desde sus orígenes la potala de un
profundo racismo que impedía incorporar a la Unión a personas vistas como
entes diferentes, inferiores y carentes de civilización; como expresó el
profesor Siemeon E. Baldwin de la Escuela de Derecho de la Universidad de
Yale:
"Our Constitution was
made by a civilized and educated people. It provides garantees of personal
security which seem ill-adapted to the conditions of society that prevail
in many parts of our new possessions. To give the half-civilized Moros of the
Philippines, or the ignorant and lawless brigands that infest Puerto
Rico... the benefit of such immunities from the sharp and sudden justice-or
injustice- which they have been hitherto accostumed to expect, would, of
course, be a serious obstacle to the maintenace there of an efficient
government".
Esta
visión racista y paternalista es la que prevaleció en la Ley Foraker,
resultando ser una legislación que no reconocía a los puertorriqueños la
madurez suficiente para autogobernarse. Dicha posición no sólo encontró
apoyo en la rama ejecutiva y legislativa, sino que también por el Tribunal
Supremo de los Estados Unidos que la legitimó constitucionalmente en los
"casos insulares" (1901-1922). Justo al año de haberse aprobado
la Ley Foraker, el Tribunal Supremo en el caso de Downes v. Bidwell enuncia
el concepto de que Puerto Rico es "foreign in a domestic sense",
expresando que por ello no ha sido incorporado a los Estados Unidos y
explicando:
"The result of what has
been said is that while in an international sense Porto Rico was not a
foreign country, since it was subject to the sovereignty and was owned by
the United States it was foreign to the United States in a domestic
sense, because the island had not been incorporated into the United States,
but was merely appurtenant thereto as a possession"
En
este caso se comenzó a elaborar el concepto de territorio no incorporado,
teoría expuesta originalmente por el Profesor Abbot Lawrence Lowell de
Harvard, y que ha prevalecido hasta nuestros días para justificar la
relación colonial de Estados Unidos con Puerto Rico e intentar legitimar
constitucionalmente a la colonia.
De la
prensa, vista a través de los periódicos La Democracia, diario del Partido
Federal de Luis Muñoz Rivera y El País, diario del Partido Republicano de
Barbosa, se desprende claramente que ambos se sintieron defraudados por la
Ley Foraker. Un tercer líder puertorriqueño, Eugenio María de Hostos,
abandonó la isla sin ver cumplir su deseo de que se celebrara un plebiscito
para que los puertorriqueños pudieran escoger libremente su futuro
político. De hecho, ese plebiscito pedido por Hostos no se hizo realidad
hasta 1967, cuando los Estados Unidos estaban convencidos de que la
estadidad ni la independencia resultarían vencedores.
La
legislación liberadora que tanto esperaban Barbosa y Muñoz Rivera terminó
por quitarle a Puerto Rico el autogobierno que habían obtenido con la Carta
Autonómica. Ambos diarios expresan su indignación en sus editoriales y
condenan enérgicamente la legislación. A continuación veremos el relativo
consenso que existía entre ambos periódicos, al repudiar el engaño del
general Miles y su nación, que nunca cumplieron su promesa liberadora. Es
curioso que ante tal consenso y repudio enérgico a lo que había hecho
Estados Unidos con Puerto Rico, ambos líderes políticos nunca cerraron
filas para denunciar en Washington el fraude cometido contra los
puertorriqueños. A continuación revisamos cómo se protestaron estos
acontecimientos en ambos periódicos. Justo antes de firmarse la Ley Foraker
se publicó en El País:
"Aplaudimos al Congreso al leer la proclama del general Miles,
y aplaudíamos al general Miles porque daba cumplimiento a los mandatos del
Congreso: ¿Dónde está el Congreso que tales cosas ordenó? - ¿ Es por
ventura el mismo cuya mayoría nos ultraja por labios de Grovesnor, el
Congreso que dio órdenes a Miles - ¿es el mismo que ahora tiene en más
valor los intereses de algunas empresas que pueden tener influencias en la
próxima campaña presidencial? - y los que ahora alegan relativas y
aparentes superioridades de raza para negarnos los fueros constitucionales
- ¿nos conocían antes de venir a nuestra tierra a ofrecernos fraternidad y
bienestar? Lo cierto es que precisamente eso fue lo que pasó: se le negó a
Puerto Rico la incorporación a los Estados Unidos en igualdad de
condiciones por razones de alegada superioridad racial.
Por
esos mismos días el periódico La Democracia protestaba también la situación:
"Con el régimen civil hoy, como con el régimen militar ayer, el
pueblo de Puerto Rico continúa sin voluntad, sin personalidad, sin derecho
a intervenir en el gobierno del país. Desde este punto de vista no hemos
ganado nada."
Para
finales del mes de mayo, de la pluma de José de Guzmán Benitez, aparecía
publicado en La Democracia:
"Combatimos la ley Foraker, como legislación centralista que
tiende a desvirtuar la amplísima autonomía del régimen democrático de la
Gran República, y porque nos opusimos al militarismo en su fórmula
adiscrecional y absoluta".
Los
dos principales líderes políticos de Puerto Rico claramente no estaban ni
remotamente satisfechos con la Ley Foraker, y ambos periódicos la
condenaron. ¿Siendo así, por qué entonces no se unieron para repudiar esta
ley racista y antidemocrática? ¿Si había consenso entre ellos, por qué no
unieron fuerzas? Ambos líderes habían pecado juntos de ingenuos al esperar
que el Congreso actuara con justicia para Puerto Rico, ambos se dieron
cuenta de lo antidemocrática que era la Ley Foraker, pero ninguno de los
dos tuvo el sentido común ni la humildad para dejar sus rivalidades a un
lado, para condenar al nuevo gobierno civil, y exigir el derecho a la
autodeterminación. Eventualmente el Partido Unión, fundado en 1904, ganó
las elecciones insulares bajo una plataforma que exigía este derecho.
A
través de los años, se han ido derogando muchas de las disposiciones de la
Ley Foraker y Puerto Rico ha logrado cierto grado de autogobierno local,
pero todavía no contamos con todas las prerrogativas que gozabamos bajo la
Carta Autonómica al momento de la invasión en 1898.
Noventa
y ocho años después, el 13 de diciembre de 1998, todos vimos los resultados
de un plebiscito donde todavía los líderes de la nación se mantienen
intensamente divididos. Participan en una consulta para exigir los
desagravios de cien años de coloniaje, pero no existe el consenso necesario
para obligar al Congreso a que cumpla la centenaria promesa de Miles. Tampoco
el Congreso se compromete a cumplir los deseos mayoritarios del pueblo en
consultas de status. Hoy, en diciembre de 1998, como en mayo de 1900, los
puertorriqueños todavía vivimos divididos sobre cómo resolver el problema
de status de la isla. La negativa de Estados Unidos de ofrecerle a Puerto
Rico los derechos plenos que gozan los ciudadanos estadounidenses provocó
la decepción de muchos, mientras otros todavía confían en las bendiciones
de la democracia estadounidense. A pesar de que la inmensa mayoría de los
puertorriqueños, incluyendo los tres partidos principales, dicen desear
mayores poderes políticos y libertades para los puertorriqueños, todavía no
existe una fórmula de status que aglutine los deseos y los sueños de la
mayoría de nosotros.
En
conclusión, la llegada de los Estados Unidos a Puerto Rico en 1898 provocó
un debate paralelo, tanto en Puerto Rico como en los Estados Unidos. Los
puertorriqueños debatían sobre cuándo y cómo se materializarían las
promesas del general Miles. Los estadounidenses se cuestionaban cómo
legitimar la adquisición de un territorio colonial sin tener que convertirlo
en parte de la Unión, ni ofrecerle los derechos concedidos por la
Constitución. Las tres ramas de gobierno de los Estados Unidos lograron
encontrar un consenso y legislaron para Puerto Rico una ley que no le
brindó autogobierno, ni concedió la ciudadanía estadounidense. En fin, los
estadounidenses resolvieron su problema pero los puertorriqueños seguimos
debatiendo, con la misma energía de siempre, sobre cuál será el futuro
destino político de la isla.
Los
debates de la época reseñados demuestran cómo los Estados Unidos pudo
resolver con relativa eficiencia su polémica interna sobre la
constitucionalidad de su nuevo proceso expansionista, mientras que en
Puerto Rico significó el comienzo de una centenaria división interna que al
día de hoy no se ha podido resolver. Mientras aquí peleamos entre nosotros,
el Congreso no se da por aludido y nos dice en repetidas ocasiones que
cuando acudamos con un mandato electoral que favorezca contundentemente una
opción, sólo entonces se pronunciará y le dirá al país lo que está
dispuesto a conceder y lo que no es viable. Mientras tanto el Congreso se
mantiene mudo, como Pilatos. Hasta que no exista ese mandato, el Congreso
considerará que la colonia es un problema de nosotros. Entretanto, Estados
Unidos se mantiene relativamente inmune de participar en la solución del
problema que crearon al decidir declararle la guerra a España y ocupar a
Puerto Rico con la entrada de tropas estadounidenses en 1898.
Mientras
debatimos nuestro futuro, y peleamos entre nosotros, todavía compartimos
nuestro territorio con miles de soldados del Ejército, la Armada y las
Fuerzas Aéreas estadounidenses, alojados en algunas de las bases militares
más grandes e importantes del mundo y próximos a formar parte del Comando
Sur del Ejército de los Estados Unidos que se consideró instalar en la isla
en 1999, sin el previo consentimiento de los puertorriqueños.
Los
sueños militares de Alfred T. Mahan se han hecho realidad, mientras que
nosotros los puertorriqueños, todavía sufrimos divisiones y pugnas,
producto, en gran parte, de los mensajes ambiguos y contradictorios que
hemos recibido del gobierno de los Estados Unidos desde su llegada en 1898
|